Conferencia 2026
En México, la música no ha sido nunca un simple acompañamiento sonoro: ha sido una forma de organización social, un lenguaje compartido y un espejo de la vida comunitaria. Mucho antes de que la música se pensara como espectáculo o profesión, ya era una herramienta para celebrar, ritualizar, resistir y convivir. En las comunidades mexicanas, la música no se escucha solamente: se vive.
Este fenómeno se manifiesta con especial fuerza en el estado de Oaxaca, una de las regiones culturalmente más diversas del país. Con más de 570 municipios —cada uno con identidad, historia y dinámicas propias— Oaxaca constituye un mosaico único donde la música forma parte esencial de la vida cotidiana. En muchos de estos municipios, la banda de viento no es una institución externa, sino un organismo vivo de la comunidad: acompaña las fiestas patronales, los rituales religiosos, los funerales, las celebraciones civiles y los momentos íntimos de la vida colectiva. La banda es memoria, es pertenencia y es continuidad.
Hablar de música comunitaria en Oaxaca implica, necesariamente, mirar hacia atrás. Antes de la llegada de los españoles, las civilizaciones residentes ya concebían la música como un acto profundamente ligado a lo sagrado, al territorio y a la organización social. Con la colonización, estos sistemas musicales no desaparecieron: se transformaron, dialogaron con nuevas sonoridades, instrumentos y estructuras, dando origen —con el paso de los siglos— a expresiones musicales propias, entre ellas las bandas de viento que hoy conocemos.
Esta conferencia propone un recorrido histórico y cultural que va desde el mundo prehispánico hasta el siglo XXI, explorando cómo la música —y particularmente la música de banda— ha evolucionado junto con las comunidades, adaptándose a los cambios sociales, políticos y culturales, sin perder su función esencial: crear comunidad. Más allá de los estilos, repertorios o técnicas, lo que nos interesa es entender por qué la música sigue siendo, en muchos pueblos de México, una forma de vida.
Desde mi experiencia como director de banda y músico formado tanto en México como en distintas ciudades de Europa, esta reflexión nace del cruce entre la práctica musical y la observación social. No se trata únicamente de analizar la música como objeto artístico, sino de escucharla en su contexto humano: quién la toca, para quién se toca y por qué sigue siendo indispensable.
Esta es una invitación a pensar la música no solo como sonido, sino como territorio, historia y comunidad viva.
La música ritual en Oaxaca antes de 1521
Antes de 1521, los pueblos originarios de Oaxaca ya habían desarrollado sistemas musicales complejos, estrechamente vinculados al ritual, al poder político y a la organización comunitaria. Esto no es una suposición romántica: existen evidencias arqueológicas, códices y crónicas tempranas que así lo demuestran.
En el mundo zapoteco, los hallazgos arqueológicos de Monte Albán y otros centros ceremoniales revelan una presencia constante de instrumentos musicales en contextos rituales. Las representaciones de músicos y danzantes en urnas funerarias, relieves y cerámica indican que la música acompañaba ceremonias religiosas y actos de carácter político. Además, las crónicas coloniales tempranas —como las de Fray Juan de Córdova— documentan la importancia de los cantos rituales y de la música en las festividades zapotecas, incluso décadas después de la conquista, cuando muchas prácticas sobrevivían de forma adaptada.
En el caso de los mixtecos, los códices prehispánicos, como el Códice Nuttall o el Códice Vindobonensis, muestran escenas donde aparecen músicos, cantores y danzantes en ceremonias ligadas a la guerra, a los linajes y a los rituales de legitimación del poder. En estos documentos, la música no aparece como fondo decorativo, sino como parte esencial del relato histórico: acompañaba nacimientos, alianzas, funerales y ceremonias de sucesión. La música, aquí, también es historia escrita en imágenes.
Para los pueblos mixes, la relación con la música se articulaba de manera particular con el territorio. La tradición oral y los estudios etnográficos posteriores coinciden en que el paisaje sonoro de la montaña —el viento, el eco, el silencio— tenía un valor ritual profundo. Las flautas y aerófonos no solo producían sonido: dialogaban con el entorno. Esta relación entre música, naturaleza y comunidad explica en buena medida por qué, hasta hoy, la música de viento ocupa un lugar central en la vida comunitaria mixe.
Los instrumentos prehispánicos hallados en Oaxaca refuerzan esta idea: huéhuetls, teponaztlis, flautas de barro y carrizo, ocarinas, silbatos rituales y trompetas de caracol aparecen en contextos ceremoniales, funerarios y cívicos. Su función no era el lucimiento individual, sino el acompañamiento del rito colectivo.
Todo esto nos permite afirmar algo fundamental: la música, antes de la llegada de los españoles, ya era un lenguaje comunitario estructurado, con funciones claras y con un profundo significado social y político. No partimos de un vacío. Partimos de una tradición viva que, lejos de desaparecer tras la conquista, se transformó.
Y es justamente en esa transformación —en el encuentro forzado entre los sistemas musicales indígenas y los nuevos instrumentos y formas traídas de Europa— donde comienza el siguiente capítulo de esta historia: el nacimiento de nuevas prácticas musicales comunitarias que, con el tiempo, darán origen a las bandas de viento que hoy identificamos como uno de los pilares culturales de Oaxaca.
España, evangelización y registros históricos
Con la llegada de los españoles, la música europea ingresó a Oaxaca principalmente a través de la Iglesia. Desde el siglo XVI, órdenes religiosas como los dominicos introdujeron repertorios, prácticas y modelos musicales provenientes de España: canto llano, polifonía renacentista, procesiones musicales y el uso de instrumentos de viento y percusión en el culto. Estas músicas no llegaron de forma abstracta, sino como parte de un proyecto organizado de evangelización.
Las cofradías religiosas fueron el principal vehículo de esta música en el ámbito local. En Oaxaca existen registros tempranos que documentan su funcionamiento y su relación con la música. Las crónicas de Fray Juan de Córdova, los archivos dominicos y documentos notariales de los siglos XVI y XVII mencionan cantores, ministriles indígenas y la participación musical en fiestas patronales y procesiones. Estos textos confirman que la música formaba parte estructural de la vida religiosa y comunitaria.
Los músicos indígenas fueron formados en capillas bajo modelos españoles, pero actuaban tanto en la iglesia como en sus pueblos. Tocaban para el culto, pero también para celebraciones civiles y rituales comunitarios. Este tránsito constante permitió que la música europea se adaptara a las dinámicas locales, integrándose a una tradición colectiva ya existente.
Si bien la música fue utilizada como herramienta de evangelización, las comunidades no fueron receptoras pasivas. A través de la organización de las cofradías, de la elección de músicos y del uso ritual de la música, los pueblos reinterpretaron estas prácticas. La música española se transformó en un lenguaje propio, inscrito en el tiempo comunitario y no solo en el calendario litúrgico.
Este proceso, documentado en fuentes coloniales tempranas en Oaxaca, explica por qué las prácticas musicales colectivas no se interrumpen tras la conquista, sino que se reconfiguran. En ese espacio de adaptación —entre tradición indígena y modelos españoles— se encuentran los antecedentes directos de las bandas de viento oaxaqueñas.
Órganos, talleres indígenas y circulación musical
Un elemento clave en la introducción de la música europea en Oaxaca fue el órgano. Desde el siglo XVI, los órganos llegaron desde España como instrumentos centrales del culto católico, pero muy pronto comenzaron a construirse localmente. Oaxaca se convirtió en un caso excepcional en la Nueva España por la cantidad de órganos fabricados y utilizados en pueblos indígenas.
Existen registros históricos de órganos en numerosas comunidades oaxaqueñas, entre ellas San Jerónimo Tlacochahuaya, cuyo órgano del siglo XVII es uno de los ejemplos mejor conservados y más estudiados. Este instrumento no solo acompañaba la liturgia, sino que articulaba la vida musical del pueblo. Tlacochahuaya no fue un caso aislado: órganos similares existieron en Yanhuitlán, Tamazulapan, Teposcolula, Mitla y otros centros dominicos.
Lo relevante es que muchos de estos órganos no fueron construidos por artesanos europeos, sino por maestros indígenas, formados en talleres locales. Estos talleres fabricaron no solo órganos, sino también instrumentos de viento y de acompañamiento necesarios para la música religiosa: chirimías, flautas, bajones, trompetas y tambores. Así, la música europea no dependía exclusivamente de importaciones, sino que se integró a un sistema productivo y comunitario local.
Estos instrumentos circulaban entre iglesia y pueblo. El órgano marcaba el espacio litúrgico, mientras los instrumentos de viento acompañaban procesiones, fiestas y celebraciones públicas. Esta convivencia sonora consolidó un paisaje musical donde lo europeo fue apropiado y reinterpretado por las comunidades indígenas.
La existencia de órganos como el de Tlacochahuaya y de talleres indígenas dedicados a la construcción instrumental demuestra que la música no fue solo impuesta, sino aprendida, adaptada y hecha propia. En esa práctica cotidiana —entre órganos, vientos y músicos formados localmente— se sentaron las bases técnicas y sociales de las futuras bandas de viento oaxaqueñas.



