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1992 – Año Cero

Año 0

2 de marzo de 1992. Ciudad de México.

En un hospital público de la delegación Iztapalapa (así se llamaban entonces las demarcaciones de la capital; hoy son alcaldías), en el entonces Distrito Federal, Severiano Vargas y María Luna me traían al mundo en medio de convulsiones: las de mi madre, las de mi padre y las de un país que cambiaba de piel.

Meses atrás habían tomado una decisión: yo nacería en la capital. Nueve años antes habían perdido a sus dos hijas gemelas, y no querían arriesgar a un hijo más. Nacer en Santiago Zoochila, un pueblo de unos cuantos cientos de habitantes en la Sierra Norte de Oaxaca, a varias horas de camino de la capital del estado, era arriesgado. Pasé apenas un mes en la Ciudad de México; luego regresamos, y fui registrado en Zoochila. Lo sé porque mis padres me lo han contado: ellos son la primera fuente de este texto.

Para entender el país que me recibió hay que empezar por una verdad incómoda: México tenía un padre que no se iba. El PRI (Partido Revolucionario Institucional) llevaba más de seis décadas en el poder. Había elecciones, pero casi siempre las ganaba el mismo partido, y la historia oficial lo contaba como estabilidad y progreso. En 1992 gobernaba 29 de los 31 estados; los otros dos, Baja California y Guanajuato, eran del PAN, el partido de oposición. Y no solo gobernaba: organizaba a la sociedad por gremios, con una central para los campesinos, otra para los obreros, otra para el sector popular. Al ciudadano como individuo se le atendía poco; se le atendía como parte de un bloque, a cambio de lealtad. En ese sistema valía más a quién pertenecías que qué sabías hacer, y el que producía no valía más que el que obedecía. Esa estructura chocaba con la sociedad real, y el choque solo se suavizaba mientras alcanzaba el dinero público.

Los intelectuales llevaban años diciéndolo. En 1984, Enrique Krauze pidió desde la revista Vuelta una «democracia sin adjetivos»: sin tutelas y sin cuentagotas. En agosto de 1990, en un encuentro organizado por Octavio Paz, Mario Vargas Llosa llamó al sistema mexicano «la dictadura perfecta». Paz respondió que, como escritor, prefería la precisión: México había escapado a las dictaduras militares de América Latina, pero no al dominio de un partido hegemónico. Entre la palabra exacta y la palabra que duele sigue discutiéndose este país.

El presidente era Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), rodeado de tecnócratas: economistas y administradores con más formación técnica que política, que querían abrir la economía mexicana al mundo. Había llegado en 1988 tras una elección que Cuauhtémoc Cárdenas, candidato de izquierda, denunció como fraude. Buena parte de su sexenio fue un intento de legitimarse con resultados, porque de origen le faltaba legitimidad.

Todo esto descansaba sobre un mito: la Revolución. El régimen se presentaba como su heredero, y esa herencia justificaba casi todo: el partido único de hecho, los gremios, la tierra que no se podía vender y el desprecio por quien produjera riqueza por su cuenta, como si enriquecerse fuera traicionar al pueblo. Se puede sostener que lo que llamamos Revolución Mexicana, como relato, fue en buena medida una construcción del régimen posrevolucionario, consolidada en tiempos de Lázaro Cárdenas, para legitimar un sistema político; y que lo ocurrido a principios del siglo XX fue más bien una guerra civil desarticulada. Se puede discrepar, y los historiadores lo hacen. Pero la pregunta es útil: ¿qué le pasa a un país cuando su mito fundacional es, a la vez, la coartada de su gobierno? Le pasa que se enseña a sus niños una historia de héroes y de víctimas, y que nadie aprende a preguntarse qué se hizo bien, quién lo hizo y cómo se repite.

Oaxaca, mientras tanto, nunca fue un solo Oaxaca. Es un estado de 16 pueblos indígenas, comunidades mestizas, ciudades y 570 municipios, uno de los más pobres del país y, a la vez, uno de los más ricos en cultura. Lo gobernaba Heladio Ramírez López (1986-1992), un político mixteco de la vieja guardia priista, de los que en México llaman «dinosaurios»: hombres que hicieron carrera escalando cargo tras cargo dentro del partido. La suya empezó en las secciones campesinas del PRI y años después presidiría la central campesina del partido: un producto casi perfecto del sistema por gremios.

Llegó al gobierno en 1986 frente a una sociedad muy movilizada contra el sistema: desde 1968, Oaxaca vivía un ciclo de protesta social. En el Istmo de Tehuantepec, la COCEI, una coalición de obreros, campesinos y estudiantes nacida en los años setenta, había conquistado ayuntamientos. En la educación, el magisterio disidente de la Sección 22, nacido en 1980, peleaba contra su propio sindicato y contra el gobierno, y ese mismo año firmó con el estado una minuta que reforzó su papel en la educación oaxaqueña. Lo revelador era lo que el sistema hacía con quien lo desafiaba: lo negociaba y lo absorbía. Un observador de la época lo resumió así: la genialidad del PRI para sobrevivir estaba en abrazar a su oposición. En agosto de 1992 el PRI volvió a ganar la gubernatura con Diódoro Carrasco (1992-1998), que había sido secretario de Economía del gobernador saliente. Cambió la cara, no el partido. De los maestros, de la COCEI y de todo lo que vino después, volveré a hablar en otros años.

Y era también el Oaxaca de los pintores. El 28 de febrero de 1992, Francisco Toledo y el gobernador inauguraron el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca, el MACO, con una exposición que reunió a los cinco pilares de la pintura oaxaqueña: Rufino Tamayo, Rodolfo Nieto, Francisco Gutiérrez, Rodolfo Morales y el propio Toledo. Tamayo había muerto un año antes (1991), pero su herencia seguía viva. Desde los ochenta, la ciudad se llenaba de galerías, museos y centros culturales. Curioso país: un gobierno del PRI inaugurando, con razón o por cálculo, una de las vitrinas culturales más vivas de México.

Salinas también tuvo un proyecto cultural. En 1988 creó el CONACULTA, el consejo federal de cultura, y en 1989 el FONCA, el fondo que otorga becas a artistas y creadores. Sus críticos lo leyeron como centralización del arte en el Estado y como una forma de cooptar a los creadores. Sus defensores señalan un contrapeso: en el FONCA, los propios creadores eligen a otros creadores en comités de selección. Dos lecturas, ambas con argumentos. Años después yo mismo sería beneficiario de becas de ese sistema, y por eso lo cuento sin disimular mi lugar en la historia. Mi posición, que iré desarrollando, es simple: apoyar a quien crea, con reglas claras y jurados independientes, no con lealtades.

Ese era el México que se abría al mundo: el de los museos, los fondos para artistas, los tratados y las inversiones. Pero había otro, y el mío estaba en la sierra. En 1987, el antropólogo Guillermo Bonfil Batalla publicó México profundo: una civilización negada, donde sostiene que conviven dos países: uno «profundo», de raíz mesoamericana y comunitaria, y otro «imaginario», que se piensa a sí mismo occidental y desprecia al primero. El diagnóstico me parece cierto en lo esencial: hubo desprecio, y lo hay. Pero yo no cabo en ninguno de los dos casilleros. Nací entre los dos y llevo los dos adentro.

Zoochila queda en el distrito de Villa Alta, donde conviven el zapoteco y el español. Tiene su banda de música, con instrumentos europeos tocando valses y boleros; años después yo empezaría ahí mi vida musical. Mi apellido, Vargas Luna, es castellano, y lo llevan personas de un pueblo donde se habla otra lengua. Eso también es mestizaje, y no viene en los libros de texto. Lo que el pueblo no tenía era camino. La línea de autobuses Flecha de Zempoaltepec no llegaba ni a mi comunidad. Severiano y María caminaban hasta San Francisco Cajonos para tomar un camión a la capital de Oaxaca. Dos Méxicos, en el mismo estado y el mismo año.

Aun sin camino, el pueblo se organizaba. En Oaxaca, 417 de los 570 municipios eligen a sus autoridades por sistemas normativos propios, los llamados usos y costumbres, que el Congreso del estado reconoció en 1995. La vida comunitaria se sostiene con tequio, trabajo no remunerado para el bien común, y con cargos de servicio que se cumplen por turno. De ahí saqué una idea que para mí es política antes que ideológica: una comunidad que se organiza sola, que sirve antes de mandar y que no espera que el gobierno le resuelva todo. En el lenguaje de la ciencia política eso se llama subsidiariedad. En la sierra, tequio.

Y yo nací en el primero de esos Méxicos, el de los hospitales. No fue riqueza de mi familia: mi padre era albañil. Fue una decisión de mis padres, que sabían que en la capital había hospital. Si hay un privilegio en mi nacimiento, no fue de cuna sino de lugar: nací donde la medicina llegaba, mientras ellos vivían donde ni el autobús llegaba. Esa distancia entre el México al que llega la medicina y el México al que no llega ni el autobús es, para mí, la pregunta política central.

Aquel 1992 también era el año en que se cumplían 500 años de la llegada de Colón a América. Para unos fue el «encuentro de dos mundos»; para muchas organizaciones indígenas de Oaxaca, que ese año se sumaron a la jornada «500 años de Resistencia», fue el inicio de una larga invasión. Yo no vengo a escoger bando. Soy mestizo: el producto de las dos historias, y ninguna me corresponde cargarla como culpa ni como rencor. A México le ha hecho daño contarse siempre desde un solo lado, el del villano o el de la víctima. Tenemos una excusa lista para cada fracaso: es que nos conquistaron, es que nos quitaron el norte, es que el PRI, es que Salinas, es que el tratado. Una cosa es explicar el pasado y otra usarlo de coartada. No se trata de negar el despojo de ayer ni la pobreza de hoy; se trata de no usar uno para no resolver el otro. Un pueblo que se cuenta solo como víctima termina esperando a quien lo rescate, y quien lo rescata le cobra lealtad.

Ese mismo año, en enero, se aprobó la reforma al artículo 27 de la Constitución, que Salinas había propuesto desde 1991. Para entenderla: tras la Revolución de 1910, la Constitución de 1917 protegió las tierras comunales y los ejidos, tierra que no se podía vender, como promesa de justicia para el campesino. Era uno de los bastiones del mito revolucionario. La reforma puso fin al reparto agrario y permitió vender los ejidos. Sus defensores hablaban de certeza jurídica y modernización. Para muchas comunidades campesinas significó algo más profundo: tocar la tierra era tocar lo único que de verdad les pertenecía. Salinas se atrevió a tocar el mito, y eso explica tanto la furia de sus críticos como el entusiasmo de sus defensores.

En diciembre se firmó el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, que entraría en vigor en 1994. Se vendía como la puerta a la modernidad. Qué le hizo al campo, y a familias como la mía, lo iré contando cuando llegue ese momento. Anticipo una sospecha: un país no se abre al mundo si antes no abre el camino a sus pueblos.

El discurso de la época era de estabilidad, y en parte era cierto: los precios dejaron de dispararse. En 1988 subían más de 50% al año; en 1992, alrededor de 12%. Salinas vendió empresas del Estado y abrió la economía a la inversión extranjera. Pero por dentro había una grieta: el país compraba al exterior mucho más de lo que vendía, y esa diferencia se pagaba con dinero de inversionistas extranjeros que podía irse de un día para otro. Mientras llegaba, todo parecía bien. Mi hipótesis de trabajo, que iré poniendo a prueba año por año, es esta: un país prospera cuando premia el trabajo y respeta la ley, y se estanca cuando reparte privilegios a cambio de lealtad. Y abajo, en el campo y en comunidades como la mía, la pobreza seguía: más de la mitad de los mexicanos vivía por debajo de la línea de pobreza, según estimaciones de la época.

Vale la pena detenerse en de qué vivía el Oaxaca de entonces. Oaxaca era, junto con Guerrero y Chiapas, uno de los estados más pobres del país, y su economía descansaba sobre todo en la subsistencia: maíz, frijol y calabaza para comer en casa, y café, que servía a la vez para el consumo local y como producto de venta o de intercambio. El café, además, pasaba por una mala hora. Desde 1989 el precio internacional se había desplomado, y el gobierno federal desmantelaba el Instituto Mexicano del Café (INMECAFE), el organismo público que compraba la cosecha y daba crédito a miles de pequeños productores. Quien vivía de esa venta se quedaba sin comprador seguro.

Zoochila, sin camino, no se conectaba con la economía del país. Para ese momento, el gobierno de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994) llevaba adelante el Programa Nacional de Solidaridad (1989-1994), que llevó caminos, luz y escuelas a comunidades como la mía con trabajo comunitario: el Estado ponía parte del dinero y los materiales, y el pueblo ponía las manos. Fue obra real, y a la vez deja una pregunta incómoda: ¿era un Estado que por fin llegaba a los pueblos o un partido que compraba lealtad con caminos? Los estudios de la época discrepan. Cuándo llegó el camino a Zoochila y quién lo trajo es algo que voy a preguntar y a contar cuando llegue ese momento.

A esa pobreza se sumaban los altos índices de analfabetismo, y juntas dejaban a muchas comunidades en una posición de dependencia: quien traía el camino, la luz o el apoyo podía pedir lealtad a cambio, y era fácil manipular a quien dependía de ese favor. Es interesante cómo, al escribir sobre 1992, parece que los tiempos actuales tienen las mismas prácticas y las mismas ideas: que el poder no cambia, solo se transforma y cambia de manos. Lo digo sin rodeos y como hipótesis, no como conclusión: sospecho que lo que hoy llama Cuarta Transformación, con Morena en el poder desde 2018 y Andrés Manuel López Obrador (2018-2024) como su fundador en la presidencia, es una restauración del viejo sistema con otro nombre: el mismo «pueblo bueno» frente a sus adversarios, el mismo culto a la historia oficial, la misma lealtad cobrada a cambio del apoyo. Sus defensores responderán, con argumentos, que su política social sacó a millones de la pobreza y que rompió una hegemonía que parecía eterna. Tendré que contestarles con datos y no con eslóganes, año por año, y si los datos me quitan la sospecha, me la quitarán.

Para entender mi casa hay que entender la migración. Desde 1942, cuando empezó el Programa Bracero entre México y Estados Unidos, que duró hasta 1964, oaxaqueños viajaron al norte a trabajar; en 1944 ya se contrataban braceros en la ciudad de Oaxaca. Durante décadas fue una migración de temporada, hacia la Ciudad de México, hacia Veracruz, hacia los campos del norte del país. En los años setenta y ochenta, con la vida del campo cada vez más difícil, más gente se fue hacia Estados Unidos. En los noventa esa migración se generalizó. Y no era solo una decisión económica: eran familias que se partían en dos, con los riesgos del camino y la soledad del otro lado, y quienes se quedaban cuidaban la casa, la milpa y a los hijos.

Las remesas, el dinero que el migrante manda a su familia, eran el otro sostén de esa economía. Por lo que sé hasta ahora, y lo voy a confirmar con mis padres, muchas de las que llegaban a Oaxaca se gastaban primero en lo básico: comida, medicinas y vestimenta, y luego en las fiestas patronales. Después venía la casa. La gran mayoría de los emigrantes comenzaba con un plan: regresar a construir una casa. Pero muchas veces se construía sin estrategia y sin normas de urbanismo, y eso, en años posteriores, nos hará daño. No lo digo contra las familias ni contra los maestros albañiles. Sin crédito para construir, sin asesoría técnica y sin un Estado que pusiera reglas, la casa de block y varilla, levantada por etapas conforme llegaba el dinero, era la forma más segura de ahorrar. Lo que faltó no fue sensatez en las familias, sino un Estado presente y una ley que se cumpliera. Lo que ese desorden cuesta, lo contaré cuando llegue ese momento.

Había algo más que las comunidades oaxaqueñas ya tomaban como identidad: la fiesta. Visto desde fuera, gastar en fiestas parece despilfarro; visto desde dentro, tiene su lógica. En ese contexto venía yo al año cero, a ese México mío donde Severiano y María no tenían un Estado que los respaldara. Sin crédito, sin seguro y sin una ley que protegiera la inversión, gastar en prestigio y en red social es invertir, y es racional, porque esa red es la que te salva cuando hay enfermedad, muerte o mala cosecha. Queda una pregunta que haré en mi pueblo: cuánto cuesta cumplir con la fiesta y qué pasa con la familia que no puede pagarla.

Mis padres no crecieron en un panorama de inversión: crecieron en un ambiente de tequio y comunidad. Yo crecí en ese México aislado, de tequio y comunidad, con los principios de la comunidad y no del comunismo. Conviene aclararlo, porque las dos palabras comparten raíz y se confunden. Una comunidad como la mía se sostiene en la reciprocidad y el servicio; en ella suelen convivir la casa y la parcela de cada familia con el monte, los pastos y el agua que son de todos. El comunismo es una doctrina que busca abolir la propiedad privada de los medios de producción y dirigir la economía desde un partido-Estado. Se parecen en el nombre, no en la cosa. Defender la comunidad, que se organiza sola y sirve antes de mandar, es lo contrario de pedirle a un Estado que lo haga todo y que cobre lealtad por hacerlo.

Sería fácil contar mi historia como una de carencias. No lo es. En mi casa no se vivía mal. En pueblos como el mío, familias enteras se separaban para emigrar en busca del «Sueño Americano». Con el tiempo, parte de esas remesas fue levantando casas, y alguien tenía que construirlas. Severiano, mi padre, albañil, sostenía el hogar con ese trabajo: un oficio que convierte remesas en paredes. Ninguna familia debería tener que partirse en dos para vivir dignamente; el derecho a quedarse donde uno nació me parece tan importante como el derecho a irse. Mis padres no tenían un tratado de sociología para explicarlo; tenían una decisión que tomar, y la tomaron. Eligieron otra cosa: que yo naciera, creciera y sirviera en mi comunidad.

Y desde aquí digo dónde me paro. Soy de centro-derecha: creo en un Estado fuerte pero limitado por la ley, en que las oportunidades se ganan con trabajo y resultados y no con lealtad ni apellido, en que la comunidad hace bien lo que hace bien y el Estado debe garantizar reglas, derechos y servicios, y en que un país se vuelve rico cuando produce y se vuelve pobre cuando reparte privilegios. No me define un partido, porque todavía no lo he elegido. Me define una pregunta que viene de mi cuna y de mi sierra: por qué un país con tanta gente trabajadora vive tan lejos de lo que podría ser. Escribo mi vida año por año para ir respondiéndola con datos, con testimonios y sin victimismo.

La vida en mi casa era sana y en paz. Me pregunto si lo era el país. Esa pregunta me acompañará año por año.

1992 fue un buen año para nacer. Soy mestizo: hispano y zapoteco a la vez, mexicano por las dos raíces, y no vengo a pedir disculpas ni a cobrar facturas. Escribo esto para entender de dónde vengo antes de pedirle a nadie que confíe en lo que pienso hacer. Las historias que vendrán nos llevarán hasta donde el Estado mexicano me lo permita.